Ahir a la nit vaig notar el fred de veritat. Ja feia dies que refrescava però encara no era prou glaçat. A les 3 de la matinada encara tenia els ulls oberts perquè feia tant vent que semblava que d'un moment a l'altre havien de petar les finestres... però no, em vaig adormir i avui m'he llevat.Ni una puta bolva de neu...res...només fred i vent.
He agafat una bicing i cinc minuts més tard, al primer semàfor, ja no em sentia ni un dit de les mans, les orelles em cremaven, i els ulls em ploraven.
Em poso els guants, em pujo la bufanda fins als ulls i segueixo... nyic nyic nyic (ja he agafat una bici que grinyola collons!).
Tinc els ulls tan freds com caniques de vidre, no puc parar de pensar que en un sotrac em cauran a terra, i llavors troba'ls sense veure-t'hi!! Les orelles ja m'han caigut... segur... perquè ja no les sento. Sort que no soc de portar arrecades.
Deixo la bicing i estic feta un 4, se m'han
gelat les cuixes i els ronyons, però entro a l'oficina i (per variar) estem a 50ºC a la sombra... Estan bojos collons! Sort que a sota de la jaqueta i de la jaqueteta (em nego a dir-li rebeca) porto una de les samarretes kukuxumusu de màniga curta.
A hores d'ara els ulls i les orelles ja se m'han recuperat, però demà sant tornem-hi!
Ara sembla que plou una mica... ni una puta bolva de neu... res!!
Jo voldria una nevada com la del 62, que
col.lapsés la ciutat, que hi hagués més d'un metre de neu!! I cada nit quan em poso al llit penso: demà segur!
Us deixo algunes fotos de la nevada del 62 i d'altres. A veure si reconeixeu alguna cosa!!
Dissabte vam anar a l'Abacus a comprar els meus indispensables bolis, fosforitos, post-its, clips de colors, etc... si es que ho necessito tot!!
Plovia a sac, ens vam mullar com dos polls. I en honor al meu estimat paraigües groc de Kukuxumusu us deixo un conte que fa temps vaig trobar en una web, però no recordo de qui és ni d'on l'he tret.
Érase una vez la ciudad de los paraguas negros. Cuando llovía todos sus habitantes caminaban por las calles cubriéndose con aquellos paraguas. Rigurosamente negros.
Y bajo sus paraguas todos los habitantes mostraban una cara ceñuda, triste, oscura... ¡no puede ser de otro modo bajo un paraguas negro!
Un día que llovía a cántaros, de improviso, apareció un señor algo extravagante que paseaba con su paraguas verde chillón. Y para colmo de males, aquel señor sonreía.
Los transeúntes lo miraban escandalizados bajo el paraguas negro que los cobijaba, y refunfuñaban:
“¡Mirad qué indecencia! Es verdaderamente ridículo con ese paraguas verde limón".
¡No es serio! ¡En cambio, la lluvia es una cosa muy seria “y un paraguas sólo puede ser negro!”.
Otros montaban en cólera y se decían unos a otros:
“Pero ¿qué clase de persona es ésa? Es Impropio y poco serio ir por ahí con un paraguas tan estridente. Ese hombre es sólo un exhibicionista. ¡No tiene formalidad alguna! "
Así era, no había nada de divertido en aquella ciudad, donde llovía siempre y los paraguas eran todos negros.
No sabía qué pensar la pequeña Carlota de todo aquel guirigay que habían formado por un paraguas diferente. Un pensamiento le rondaba la cabeza con persistencia:
“Cuando llueve, un paraguas es un paraguas. Que sea verde limón o negro... lo que cuenta es tener un paraguas que te cobije”.
Además, la pequeña se daba cuenta que aquel señor bajo su paraguas verde chillón tenía aspecto de sentirse perfectamente a gusto y feliz.
Se preguntaba el porqué.
A medio día, al salir de la escuela, Carlota se dio cuenta que había olvidado su paraguas negro en casa.
Sacudió los hombros y se encaminó hacia casa con la cabeza descubierta, dejando que la lluvia empapase su melena.
Quiso la casualidad que al poco se cruzase con el hombre del paraguas de color indecoroso:
“Chiquilla, ¿quieres cobijarte?”
Dudó Carlota. Si aceptaba, todos le tomarían el pelo. Pero en seguida se acordó:
“Cuando llueve, un paraguas es un paraguas. Que sea verde o negro, ¿qué importa? ¡Siempre es mejor tener el paraguas que empaparse de lluvia!”.
Aceptó y se metió debajo del paraguas verde al lado de aquel señor gentil.
Entonces comprendió por qué era feliz:
Bajo el paraguas verde limón ¡el mal tiempo ya no existía!
Había un gran sol en el cielo azul.
Carlota tenía una cara tan de asombro que el señor se echó a reír a carcajadas:
“¡Ya lo sé! También tú me tienes por loco, pero quiero explicarte todo.
Durante algún tiempo, estaba tan triste como todos. ¡Y por supuesto también tenía un paraguas negro!
Hasta que un día, saliendo de mi despacho me olvidé el paraguas y me encaminé a casa. Mientras caminaba, encontré a un hombre que me ofreció cobijarme bajo su paraguas verde limón.
Como tú, dudé porque tenía miedo de ser diferente, de hacer el ridículo. Pero luego acepté.
Y me di cuenta – como tú – que bajo el paraguas verde el mal tiempo había desaparecido.
Aquel hombre me enseñó por qué bajo el paraguas negro las personas se volvían hurañas y con ese aire tan triste:
El repitequeo de la lluvia y el negro del paraguas les ponían la cara larga, y no tenían ninguna gana de hablarse. De repente el hombre se fue y yo me di cuenta de que tenía en la mano su paraguas verde.
Lo busqué, pero había desaparecido.
He conservado hasta hoy el paraguas verde y el buen tiempo no me ha dejado nunca”.
Carlota exclamó:
“¡Qué historia! Pero ¿no se siente mal al tener el paraguas de otro?”.
El señor respondió:
“No, porque sé que este paraguas es de todos. Aquel hombre lo había recibido también de algún otro”.
Cuando llegaron a la casa de Carlota, se despidieron.
El hombre,se alejo, esfumándose, la muchachita se dio cuenta que sujetaba en la mano el paraguas verde.
Y Carlota se quedó con el paraguas verde chillón, sabiendo que pronto cambiaria otra vez de propietario; ya que el paraguas verde tenia que pasar a otras manos, para proteger de la lluvia y llevar el “buen tiempo” a otras personas.
He agafat una bicing i cinc minuts més tard, al primer semàfor, ja no em sentia ni un dit de les mans, les orelles em cremaven, i els ulls em ploraven.Em poso els guants, em pujo la bufanda fins als ulls i segueixo... nyic nyic nyic (ja he agafat una bici que grinyola collons!).
Tinc els ulls tan freds com caniques de vidre, no puc parar de pensar que en un sotrac em cauran a terra, i llavors troba'ls sense veure-t'hi!! Les orelles ja m'han caigut... segur... perquè ja no les sento. Sort que no soc de portar arrecades.
Deixo la bicing i estic feta un 4, se m'han
gelat les cuixes i els ronyons, però entro a l'oficina i (per variar) estem a 50ºC a la sombra... Estan bojos collons! Sort que a sota de la jaqueta i de la jaqueteta (em nego a dir-li rebeca) porto una de les samarretes kukuxumusu de màniga curta.A hores d'ara els ulls i les orelles ja se m'han recuperat, però demà sant tornem-hi!
Ara sembla que plou una mica... ni una puta bolva de neu... res!!
Jo voldria una nevada com la del 62, que
col.lapsés la ciutat, que hi hagués més d'un metre de neu!! I cada nit quan em poso al llit penso: demà segur!Us deixo algunes fotos de la nevada del 62 i d'altres. A veure si reconeixeu alguna cosa!!
Dissabte vam anar a l'Abacus a comprar els meus indispensables bolis, fosforitos, post-its, clips de colors, etc... si es que ho necessito tot!!
Plovia a sac, ens vam mullar com dos polls. I en honor al meu estimat paraigües groc de Kukuxumusu us deixo un conte que fa temps vaig trobar en una web, però no recordo de qui és ni d'on l'he tret.
Érase una vez la ciudad de los paraguas negros. Cuando llovía todos sus habitantes caminaban por las calles cubriéndose con aquellos paraguas. Rigurosamente negros.Y bajo sus paraguas todos los habitantes mostraban una cara ceñuda, triste, oscura... ¡no puede ser de otro modo bajo un paraguas negro!
Un día que llovía a cántaros, de improviso, apareció un señor algo extravagante que paseaba con su paraguas verde chillón. Y para colmo de males, aquel señor sonreía.
Los transeúntes lo miraban escandalizados bajo el paraguas negro que los cobijaba, y refunfuñaban:
“¡Mirad qué indecencia! Es verdaderamente ridículo con ese paraguas verde limón".
¡No es serio! ¡En cambio, la lluvia es una cosa muy seria “y un paraguas sólo puede ser negro!”.
Otros montaban en cólera y se decían unos a otros:
“Pero ¿qué clase de persona es ésa? Es Impropio y poco serio ir por ahí con un paraguas tan estridente. Ese hombre es sólo un exhibicionista. ¡No tiene formalidad alguna! "
Así era, no había nada de divertido en aquella ciudad, donde llovía siempre y los paraguas eran todos negros.
No sabía qué pensar la pequeña Carlota de todo aquel guirigay que habían formado por un paraguas diferente. Un pensamiento le rondaba la cabeza con persistencia:
“Cuando llueve, un paraguas es un paraguas. Que sea verde limón o negro... lo que cuenta es tener un paraguas que te cobije”.
Además, la pequeña se daba cuenta que aquel señor bajo su paraguas verde chillón tenía aspecto de sentirse perfectamente a gusto y feliz.
Se preguntaba el porqué.
A medio día, al salir de la escuela, Carlota se dio cuenta que había olvidado su paraguas negro en casa.
Sacudió los hombros y se encaminó hacia casa con la cabeza descubierta, dejando que la lluvia empapase su melena.
Quiso la casualidad que al poco se cruzase con el hombre del paraguas de color indecoroso:
“Chiquilla, ¿quieres cobijarte?”
Dudó Carlota. Si aceptaba, todos le tomarían el pelo. Pero en seguida se acordó:
“Cuando llueve, un paraguas es un paraguas. Que sea verde o negro, ¿qué importa? ¡Siempre es mejor tener el paraguas que empaparse de lluvia!”.
Aceptó y se metió debajo del paraguas verde al lado de aquel señor gentil.
Entonces comprendió por qué era feliz:
Bajo el paraguas verde limón ¡el mal tiempo ya no existía!
Había un gran sol en el cielo azul.
Carlota tenía una cara tan de asombro que el señor se echó a reír a carcajadas:
“¡Ya lo sé! También tú me tienes por loco, pero quiero explicarte todo.
Durante algún tiempo, estaba tan triste como todos. ¡Y por supuesto también tenía un paraguas negro!
Hasta que un día, saliendo de mi despacho me olvidé el paraguas y me encaminé a casa. Mientras caminaba, encontré a un hombre que me ofreció cobijarme bajo su paraguas verde limón.
Como tú, dudé porque tenía miedo de ser diferente, de hacer el ridículo. Pero luego acepté.
Y me di cuenta – como tú – que bajo el paraguas verde el mal tiempo había desaparecido.
Aquel hombre me enseñó por qué bajo el paraguas negro las personas se volvían hurañas y con ese aire tan triste:

El repitequeo de la lluvia y el negro del paraguas les ponían la cara larga, y no tenían ninguna gana de hablarse. De repente el hombre se fue y yo me di cuenta de que tenía en la mano su paraguas verde.
Lo busqué, pero había desaparecido.
He conservado hasta hoy el paraguas verde y el buen tiempo no me ha dejado nunca”.
Carlota exclamó:
“¡Qué historia! Pero ¿no se siente mal al tener el paraguas de otro?”.
El señor respondió:
“No, porque sé que este paraguas es de todos. Aquel hombre lo había recibido también de algún otro”.
Cuando llegaron a la casa de Carlota, se despidieron.
El hombre,se alejo, esfumándose, la muchachita se dio cuenta que sujetaba en la mano el paraguas verde.
Y Carlota se quedó con el paraguas verde chillón, sabiendo que pronto cambiaria otra vez de propietario; ya que el paraguas verde tenia que pasar a otras manos, para proteger de la lluvia y llevar el “buen tiempo” a otras personas.
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